Las cosas que hacemos los humanos

 

 

 

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Uno de los aspectos llamativos del cine de Josh y Ben Safdie es que sus historias nunca parecen tener un principio. Arrancan, sin más, en mitad de la calle, y desde ese preciso momento no dejamos de acompañar a sus personajes de un lado a otro. En cierto modo, estas comparten la misma idiosincrasia que las cápsulas de vídeo que cuelgan en su página web. Muestran aquello que no merece la pena, lo que pasa desapercibido, absorbido por la rutina. Los rostros anónimos, filmados a distancia con una cámara de pequeñas dimensiones, capturados en mitad de la actividad febril de la ciudad. La belleza escondida.

Las cosas que nos hacen humanos. Los gestos de picardía, los arrebatos de violencia o esa rara nostalgia que se nos pega en la mirada. Una callejuela, el banco del parque o un piso desgastado de tanto vivir. Un cuadernillo lleno de garabatos, una nevera vieja surcada de imanes y pegatinas o una cama cuyas sábanas conservan el olor de cada día. La memoria de los objetos, las miradas de las personas. 

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Para Josh Safdie todo empezó con unas polaroids viejas que rescató en alguna mudanza, en cuyo dorso había escrito pequeñas anécdotas que capturaban instantes de su infancia. Tantos años después, aquellos recuerdos se le aparecían como algo vago, erosionado por el tiempo y las experiencias. Y, sin embargo, los rostros, los colores degradados, los lugares que tal vez habían dejado de existir, albergaban una electricidad que le devolvía aquello que sintió. Quizá no las palabras exactas, pero sí las historias que contaban aquellas fotografías. Ese cosquilleo tan familiar que sentimos cuando tardamos unos segundos en reconocer nuestra voz infantil en una antigua grabación. Una impresión de asombro, más que de nostalgia, ante el torrente de vidas que hemos vivido, de relatos que hemos contado y personas que hemos conocido. Esa energía que nos impele a hacer algo con los recuerdos. Escribirlos, ponerlos en escena, tratar sus imágenes sin el barniz del pasado. Porque en ellos no solo se plasma la alegría de vivir, sino también todos esos momentos de lo infraordinario que nos enseñan qué es la belleza, qué la humanidad.

 

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Lo que hace tan especial a esa generación de cineastas aglutinados bajo la etiqueta del mumblecore es que comparten una misma sensibilidad a la hora de comprender a sus personajes. Sus miserias y sus alegrías. Su modesta belleza. Su humanidad. Es casi una elección vital que se contagia de una película a otra, y que procede de todo aquello que encuentran a su alrededor. De las conversaciones entre el grupo de amigos, de la rutina monótona de un trabajo de media jornada o de las palabras capturadas al vuelo en un viaje en autobús. En el mumblecore siempre tienes la sensación de que cada cosa, cada lugar y cada persona, cuentan una historia diferente. La cámara está ahí para ganarse la confianza de sus protagonistas, esa gente con la que sus directores han tropezado en un bar, en el rellano de la escalera o en la clase de su instituto. A la que a veces persiguen o, como en el caso de Josh Safdie y Arielle Holmes, con la que intentan entablar amistad. Quizá porque es la única manera de plasmar sus emociones sin sacrificar esa pizca de autenticidad. A media voz, en un tono confidencial, casi secreto, como si escuchasen su historia desde el asiento de atrás del mismo vagón.


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Heaven Knows What
(2014) parte de la amistad entre Josh Safdie y Arielle Holmes mientras el primero preparaba una película en las calles de
Nueva York. Allí, en mitad de tribus urbanas, vagabundos y el detritus expulsado por el pulmón financiero de la ciudad, Safdie se encontró a una muchacha punk. Alguien que se desenvolvía con soltura por los bajos fondos, que vivía a salto de mata entre pisos ocupados y, al mismo tiempo, se desenganchaba de su adicción a la heroína. Lo que hacía a Arielle diferente era su facilidad para encadenar temas y contar su propia historia.

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Su historia de amor y violencia con otro adolescente vagabundo, tan apasionada que Safdie le pidió que la escribiese. Que pusiese sobre el papel esas mismas palabras, con esa misma intensidad, para que aquel no fuese la clase de relato que escuchas en el asiento trasero del vagón del metro hasta que llegas a tu parada y todo se esfuma. Porque sabes que hay algo tan íntimo, tan privado, que solo la puede contar su protagonista. Que solo se puede rodar en ese lugar, entre el detritus de Wall Street y el parque en el que los indigentes se emborrachan por las mañanas.

 

En el cine de los Safdie, la mayoría de susvlcsnap-2015-11-05-18h35m21s73 personajes caminan en dirección opuesta a la multitud. En The Pleasure of Being Robbed (2008), su protagonista tiene la fantasía de poder nadar junto a un oso polar. Roba sin malicia, en un gesto de pura inocencia infantil que delata lo lejos que se encuentra de los imperativos morales que rigen a la sociedad. De un mundo que juzga las excentricidades con el ceño fruncido. Porque en el cine de los Safdie todo está permitido y nada es imposible. La Eléonore de The Pleasure… es capaz de aprender a conducir sobre la marcha, lanzándose a un viaje por carretera para cruzar dos estados. El Lenny de Daddy Longlegs (2009) pelea por evitar que su universo de juegos y vida familiar junto a sus hijos colapse definitivamente, sacando a la luz su ruptura matrimonial y la dificultad que sufre para adaptarse a esa nueva realidad que ha acabado de raíz con la anterior.
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Y la Harley de Heaven Knows What vive en esa tensión permanente entre un mundo que funciona de manera precaria, con los pocos dólares que consigue y las dosis que se puede pinchar, y otro que depende de las embestidas sentimentales de su relación con Ilya. Aquello que une a estos tres personajes es la energía con la que Safdie los retrata. Su forma de conservar la inocencia, los recuerdos del pasado o un amor marchito por las circunstancias. La fuerza con la que parecen moverse al margen de todo lo demás, como figuras autistas en mitad del bullicio. Y, sobre todo, esa sensación de que son los actores, con sus cuerpos, gestos y palabras medio murmuradas, los que cuentan sus historias sin que nadie más interfiera en el relato. La cámara de Safdie les sigue, les acompaña, se recuesta sobre su cama o se sienta en el banco del parque sin entrometerse en sus vidas. Como si les proporcionase un refugio, un cobijo, un lugar para existir.

La primera imagen de Arielle Holmes en Heaven Knows What la muestra en uno de los pocos momentos delicados de la película, en el que todavía cabe una cierta ternura, la expresión más franca del amor, antes de que todo se disipe en violencia, cuelgues y bolsillos vacíos. Antes de que la vida se detenga en las horas muertas entre dosis, los paseos sin rumbo por la calle y esa soledad demasiado ruidosa.

 

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Safdie filma a sus personajes casi encima de ellos, tan pegado a sus cuerpos que no hay más escenario que ese par de adolescentes que fraguan su amor en unos pocos minutos. En un arrebato, entre caricias y miradas tiernas que, por un momento, logran olvidar en qué mundo viven. Y esa es, en cierta manera, la sensación que proyecta la película; lo que transmiten sus escenas.

Un combate con la realidad, el anhelo de construir otra realidad cada vez que la cámara acerca a Harley e Ilya en el plano. Blindados ante ese entorno marginal que los consume lentamente, entre gritos, golpes, intentos de suicidio o desengaños.

Tentativas que Safdie nos acerca como si ya conociéramos, sin más explicación que la reacción vlcsnap-2015-11-05-18h36m28s227desagradable que fulmina con saña la delicadeza de las anteriores imágenes. Con rabia y con terror, de un extremo emocional al otro.

Para Safdie, Holmes es una especie de Maria Falconetti de los suburbios. Acostumbrado a filmar a su pareja, Eleonore Hendricks, con sus movimientos casi infantiles, pura alegría y curiosidad, nota cómo Holmes le obliga a cambiar su forma de acercarse al personaje. Por eso en Heaven Knows What nunca parece existir una distancia intermedia; todo se ve desde muy lejos o está demasiado cerca. Los actores (es un decir, ya que el reparto está prácticamente integrado por el círculo de conocidos de Holmes) hablan en voz baja o a grito pelado, sienten que alguien los filma de manera furtiva o que el director empotra la cámara en pleno fragor de su discusión. A diferencia de The Pleasure of Being Robbed, aquí se camina sin dirección o con una meta corta; de un piso para pasar la noche a una habitación en la que inyectarse, de los ordenadores de la biblioteca pública a la cafetería en la que se puede matar el rato sin que te miren mal.

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De ahí que Safdie concentre su esfuerzo en extraer del rostro de su protagonista todos los elementos dramáticos que acumula. O más que extraer, interpretar cada gesto. Como una actriz del cine mudo ante la cámara. Harley con el pelo alborotado sobre la cara, como si su melena, que le tapa los ojos, proyectase esas lágrimas furtivas tantas veces derramadas. Harley con la nariz enrojecida al abrigo de cualquier cosa, en esa hora en la que empieza a romper la mañana. Harley preparando la dosis con una jeringuilla de insulina.


Harley sentada en mitad de la calle a la espera de recibir la limosna de los demás. Harley bailando junto al resto de vagabundos mientras calientan la tarde. Harley. Simplemente ella. No hay sitio para más, solo para que escena a escena Safdie trabaje la confianza de su actriz.chico

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La relación entre director y actriz evoluciona a medida que la película avanza, conforme se impone la historia de esta última sobre la mirada del primero. Si en sus escenas iniciales Heaven Knows What podría documentar, con sus imágenes sucias y directas, la realidad del entorno suburbial de Nueva York, poco a poco son las decisiones que toma Harley las que modulan la ficción. Cuando los Safdie intuyen que ya no necesita ayuda para contar su historia. En ese punto en el que se rompe la película para dejar que hable la vida. Para enseñarnos las ideas y venidas de Arielle, el torbellino sentimental que vive junto a Ilya, la comodidad con la que se instala junto a Mike y la sensación de vacío, de completo desamparo, que nota cada vez que acaba el día. Que ya no dispersan la droga, las sábanas calientes o un trago largo de alcohol. Que ni siquiera puede expresar en palabras, de ahí que la cámara filme su mirada petrificada, sus ojos y la línea de sombra que dibuja su rostro. La pugna eterna entre la energía y la frustración, la compañía y el abandono. O cómo Safdie captura la electricidad de cada nuevo encuentro con Ilya y el estatismo, la mirada perdida, tan pronto desaparece. En esos momentos en los que se halla tan desamparado como su actriz, en los que la cámara la recorre un poco a tientas, sin saber qué puede ofrecerle. En esos momentos en los que debería llamarla por su nombre, como a una amiga, y acompañarla por las calles de la ciudad mientras hacen tiempo.

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Heaven Knows What tiene en común con el cine de Larry Clark su vocación por construir en sus imágenes un lugar en el que poner a resguardo a sus protagonistas. Una mirada cercana, confiada, que retrata con delicadeza ese microcosmos de pequeños anhelos y grandes miserias; que pone en escena las palabras de sus protagonistas y a estos últimos como narradores de una épica suburbial que, con trazos sucios y feístas, describe esos momentos de humanidad que casi siempre pasan desapercibidos en mitad de la multitud. fesibuEs un mundo de figuras excéntricas, de novios que roban botellines de bebida energética para pagar sus adicciones, colgados que quieren un poco de compañía para sentirse menos solos y vagabundos que se parapetan tras la mesa de la cafetería para contar sus historias, para contarse a sí mismos, al calor de un bollo y una taza de café. Decía Josh Safdie que conocer a Arielle Holmes le había servido para descubrir una serie de cosas de las que nunca antes había oído hablar. Para Arielle Holmes, en cambio, conocer al director de Daddy Longlegs le sirvió para plasmar en imágenes el tormento y el éxtasis que había recogido en hojas sueltas, de cualquiera manera, con una escritura apretada y nerviosa, mientras la vida se abría camino. Todos sus pasos en falso, la violencia y la ternura que exprimieron su relación con Ilya y la sensación de que en esos años veloces, los años del salto a la madurez, las experiencias se habían apelotonado en su interior hasta cortarle la respiración. Hasta exigirle verbalizarlas, dar un nombre a cada cosa, y alargar así las metas cortas que habían marcado su trayectoria vital. 

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Es curioso, en ese sentido, observar cómo el cine de Josh y Ben Safdie ha sacrificado la alegría de vivir de sus inicios para retratar, con ternura pero también con tristeza, cómo sus criaturas ceden ante el peso de la realidad. El espacio que ocupaba Eleonore Hendricks en sus primeros trabajos, casi una versión suburbana de los personajes chaplinescos, ya no tiene sentido en el mundo que refleja Heaven Knows What. Por eso el tercio final de la película posee esa responsabilidad moral que sus directores contraen con la actriz a la que conocieron en la calle. Ese sentimiento de que la cámara debe acompañarla hasta agotar las baterías, porque, entre tanta figura huidiza y tantos rostros anónimos, ese grupo de personas que interpretan su drama no va a morir a consecuencia de sus adicciones, sino porque tarde o temprano serán abandonados. Cambiarán de acera, de barrio o de piso. Encontrarán a otra persona. Y la historia de aquella muchacha punk será como esas vlcsnap-2015-11-06-02h11m55s83conversaciones que capturamos de refilón en el vagón del metro; que se interrumpen, se pierden y olvidan cuando llegamos a nuestra parada. De ahí el esfuerzo de Josh y Ben Safdie por conceder al relato de su protagonista aquello que la energía de sus imágenes sabe conjurar: la pizca de belleza, de amor y de compasión que poseen las cosas que nos hacen humanos. Esas que, de una manera u otra, siempre queremos tener cerca.

 

 

 

Óscar Brox

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